viernes 3 de octubre de 2008

El Fin de la Fiesta del Estado y los Banqueros Timberos.


Obviamente dirán que es muy fácil ser general después de la batalla, pero vale la pena intentar ,de una manera más o menos seria y sobre todo calmada, analizar la actual crisis financiera internacional, tratando de indagar sus posibles causas y, sobre todo, consecuencias para la economía mundial.



Contrariamente a lo que pudiera pensarse, la administración Bush, supuestamente "conservadora" y defensora del libre mercado, no se ha caracterizado por un manejo prudente de sus cuentas fiscales o por una política monetaria que hubiese priorizado el control de la inflación como objetivo central de la FED. Lo anterior encuentra asidero al constatar el persistente déficit fiscal norteamricano, actualmente cercano al 2% de su PBI y, principalmente, el activismo de la autoridad monetaria estadounidense que, a través de sucesivas rebajas en la tasa de interés, desde el 2004, inyectó liquidez a la economía, con el propósito nada disimulado de hacer más competitivas sus exportaciones artificialmente, a través de la devaluación de su moneda y reducir así su cuantioso déficit en la la Balanza Comercial (la diferencia entre el valor de las exportaciones y el de las importaciones).

Éste es el principal factor que ha permitido que casi todas las economías emergentes (como la peruana) vean fortalecidas sus monedas locales frente a la divisa estadounidense. Para muestra un botón, la abundancia de dólares en el mercado internacional llevó nuestro tipo de cambio de S/.3.5 nuevos soles a unicios del 2006, a S/. 2.98 nuevos soles en setiembre de este año.

Con mayores recursos, los bancos norteamericanos, desde el 2004 se avocaron a colocar préstamos hipotecarios en porciones del mercado que anteriormente eran excluidas por ser consideradas demasiado riesgosas. Una conducta como ésta era alentada por las agresivas políticas de compra realizadas por intermediarios en el mercado hipotecario, como es el caso de Fannie Mae, quienes adquirían las hipotecas en gran volumen y luego emitían títulos respaldados en éstas para captar fondos y así conceder nuevos préstamos.

La intervención de estos intermediarios, cuya naturaleza era mixta, pues eran financiados con capitales públicos y privados y su función principal era fomentar el acceso al mecado hipotecario de los sectores de clase media de la población, permitió que los bancos diseñaran productos con préstamos sin cuotas iniciales y tasas de interés que, aunque variables, en un principio eran bastante bajas.
Así las cosas, se había creado artificialmente una mayor demanda por inmuebles y, consecuentemente, el precio de éstos se elevó drásticamente, lo cual generó nuevas "oportunidades" de negocio para los bancos quienes "empaquetaron" las hipotecas en nuevos títulos y los vendieron en el mercado internacional confiados en el buen precio de las propiedades.
A su vez, estos nuevos títulos, convenientemente asegurados ante eventuales pérdidas por empresas especializadas como AIG, eran adquiridos por grandes inversionistas llamados Bancos de Inversión, cuya gran participación en el mercado hace que se les conozca como Inversionistas Institucionales en el Sistema Financiero Internacional. A este selecto grupo pertenecían instituciones como Bear Stearms, Lehman Brothers o Merryl Lynch.

Sin embargo, las políticas "inclusivas" para que más personas accedieran a una vivienda, rindieron sus verdaderos frutos eventualmente, pues simplemente los supuestamente nuevos "propietarios" no pudieron horrar sus deudas y hacia marzo del año pasado se sintieron los primeros pasos de lo que, a la postre, sería la crisis de la hipotecas subprime;con el reconocimiento, por parte de la Asociación de Bancos Hipotecarios de EEUU, de la existencia de unos seis millones de contratos impagos, equivalentes a US$ 600000 millones. Consecuentemente los precios de las viviendas sufren su peor caída desde 1996 y los Fondos de Inversión que habían destinado recursos a comprar títulos respaldados en las hipotecas, sucesivamente van obteniendo pérdidas e incluso comienzan a cerrar.

Ante esto la FED intentó salvar la situación mediante sucesivos recortes a la tasa de interés e inyecciones de liquidez,a través de los meses ,a fin de que la crisis del sector inmobiliario no afectara a otros sectores. De igual manera, el Banco Central Europeo (BCE) suministraba liquidez en sus mercados a fin de mantner la confianza de los agentes económicos.

Paralelamente, ya en enero de este año, el Ejecutivo norteamericano lanza un paquete para salvar la situación, ascendente a US$ 145ooo millones, agravando aún más la precaria situación fiscal norteamericana.

Sin embargo, a pesar de que muchos analistas sostenían que sólo una parte minúscula de las cateras de los inversionistas institucionales estaba apostada a hipotecas subprime, la realidad demostró lo contario, pues ya en marzo, las acciones del Banco de inversión Bear Stearms pierden el 90% de su valor y son compradas por JP Morgan a sólo US$2 dólares por acción.

Pocos meses después, Merryl Lynch es adquirido por Bank of America, Lehman Brothers quiebra y la aseguradora AIG, al no poder hacer frente al compromiso generado por los títulos respaldados en deudas incobrables que a mala hora aseguró, tuvo que apelar a un préstamo de US$850000 millones, por parte del Gobierno norteamericano, para capear el temporal, cediendo en la práctica casi la totalidad del control de la compañía.

A su vez, los intermediarios hipotecarios Fannie Mae y Freedie Mac reciben un salvataje de US$ 200000 millones por parte del gobierno, mediante el cual el tesoro norteamericano toma el control de estas entidades para supuestamente sanear su situación financiera.

Los casos reseñados en los párrafos precedentes ilustran cómo los contribuyentes, so pretexto de evitar una crisis mayor, se ven obligados a asumir los costos de las temerarias apuestas de los imprudentes banqueros de inversión. Nada más alejado del libre mercado.

Sin embargo, algo que sí deja esta crisis es el fin de la era de los Bancos de Inversión, pues la mayoría de ellos han sido adquiridos por la banca tradicional (como en el caso de Merryl Lynch y el Bank of America) o en su defécto se han visto obligados a convertirse en bancos comerciales, como en el caso de Goldman Sachs.


Tal vez, este reacomodo en torno a la banca tradicional signifique el abandono de las prácticas especulativas que precipitaron esta crisis. Se supone que, al tener la responsabilidad de resguardar el dinero de los ahorristas, estos bancos deberían tener políticas más prudentes en el otorgamiento de sus créditos, a diferencia de los vapuleados Bancos de Inversión, cuyo objetivo central era maximizar las ganacias de sus clientes, corriendo altos riesgos junto a ellos en inversiones en las que el azar, parece ser, era el factor determinante.


Otro aspecto importante que comentar es el hecho de que, a diferencia de lo ocurrido en 1929, esta coyuntura no se caracteriza por una falta de liquidez en la economía, pues la FED y los otras autoridades monetarias del mundo no han dudado en proporcionarla cuando lo han creido conveniente. Lo que si se observa es una falta total de confianza, pues los bancos, a pesar de contar con dinero, no se prestan unos a otros, debido probablemente a que nadie sabequé porcentaje de las carteras de cada banco está contaminado con las hipotecas subprime.


El problema que una circunstancia como la descrita manifiesta es que la desconfianza puede contagiarse al sector real de la economía provocando que los bancos restringan su líneas de crédito a las empresas y las familias estadounidenses, lo cual de hecho los llevaría a una profunda recesión, al romperse la denominada cadena de pagos, tal como ocurrió en el Perú en 1998.


Llevado por el temor de que esto ocurra, el Ejecutivo propuso un controvertido nuevo paquete para aliviar la situación financiera de los bancos en crisis. Su costo total es de US$ 700000millones (equivalente a unos US$2300 dólares por habitante en USA) y tiene como objetivo comprar las deudas incobrables a los bancos y de esta manera reestablecer, por ahora la confianza.


Claro, aún no se conocen las condiciones que los bancos tendrán que cumplir paqra acceder a esta tabla de salvación, ni tampoco cuál será el precio que el Gobierno pagará a los bancos para adquirir sus deudas. Lo único cierto es que la próxima administración que ocupe la Casa Blanca tendrá que lidiar con una población descontenta que pagará, en el mediano plazo, los errores de otros, a través de mayores impuestos.


Si bien es cierto, esto no significa el fin del capitalismo o algún otro disparate parecido, la crisis obligará a un replanteamiento de las responsabilidades del Estado y el Sector Privado. Definitivamente ésta es una historia que recién comienza.